Una de mujeres

Una de mujeres.

En lo alto de la torre se observa un pequeño pájaro, otea el horizonte, nada tan relajante que observar como un pájaro mira a través del cielo azul un horizonte pleno de luz.

Todos los días ese pájaro, tras remirar el horizonte, se alza con vuelo firme y seguro a realizar el primer peinado del terreno, buscar comida para las crías ya que no existe otra forma de encontrar comida para ellas.

Sin embargo, yo como todas las mañanas comienzo otro camino, el de la oficina. Trabajo en una empresa donde somos dos chicas, aunque en mi caso soy una chica madura, el resto son hombres. Me gustaría que fueran chicos, de esos que todavía no han encontrado en la trinchera masculina la defensa de lo que preocupa por no ser entendido. Aparco en el lugar que puedo dentro del complejo de oficinas, tres edificios altos coronan un cerro que da a la parte baja de la ciudad.

En el aparcamiento nadie ocupa el puesto de los principales y, a mí, no se me ocurre ocupar las plazas de mis compañeros. Nadie me lo ha dicho, pero no me atrevo a dejar mi coche pequeño en el resto del parking, eso hace muy difícil mi aparcamiento ya que no llegan tan pronto como yo, todos mis compañeros  son impuntuales en ocasiones, y eso hace que en ocasiones el coche lo aparque como si no supiera aprovechar el espacio o tuviera suficiente pericia.

Subo en el ascensor que normalmente está lleno de más chicas, todas ellas han sido capaces que realizar el reto de entrar en el trabajo a una hora siempre anticipada a la hora oficial. Nada tan excepcional como ser puntual si tienes responsabilidades, tarde se va uno del trabajo y eso hace que tenga posibilidad de regresar en la mañana tarde. Mi marido es un ejemplo, pero cuando llega el a casa siempre tengo casi terminada las tareas del hogar (la logística que dice él), no suele colaborar ya que siempre se lía con otros trabajos. Nunca he entendido eso de regresar tarde y sin estar totalmente desocupado.

Los hombres están pendientes más de  su exterior que de lo propio y lo interior. En mi marido he reconocido dificultad para disfrutar de todo lo suyo, incluso de su vida privada.

En la oficina mi puesto de trabajo es recogido, no tengo mucho espacio pero está siempre ordenado, limpio y con algún toque que de calor, una pequeña flor seca, una foto de nuestro último viaje o el cumpleaños de nuestro hijo. Desde mi puesto puedo ver los de otros compañeros, el desorden es tan visible que en ocasiones mi superior me recomienda que me de una vuelta para organizarlos. Está claro que recojo mi casa y también mi trabajo. Pero, en los años que llevo desempeñando mi puesto, más de ocho años ya, me he ganado el respeto de todos, mucho esfuerzo mantenido durante años y años. Al poco de comenzar en mi empresa despidieron a una chica porque se había quedado embarazado, nada tan imprudente, oí comentar. El comentario continuó: “No era muy trabajadora, aquí se exige mucho en el puesto”. El comentario lo cerró mirándome a los ojos, nada tuve que contestar, se giró y se fue, tres años más tarde cuando lo despidieron no lo sentí.

El trabajo transcurre con naturalidad, todos me mandan y mi tiempo está ocupado totalmente, el café lo tomo en mi puesto ya que mientras toman otros su café en la máquina, yo debo terminar tareas que me asignan de forma ocasional ya que no consiguen llegar. Una desgracia para ellos que están tan agobiados por su trabajo.

Termina mi jornada, evito quedarme charlando con mis compañeros, tuve una mal entendido que sólo subsané con un manotazo, desagradable pero cierto, los hombres no están acostumbrados a tener amigas, sólo amantes. Me monto en el coche y me dirijo a la escuela, recojo al chico y comienzo mi segunda jornada. A disfrutar de lo que nos es trabajo.

Me gustaría ser feliz pero eso es difícil ya que los que me rodean no lo son, sobre todo mi marido. En ocasiones tengo la sensación que está más preocupado por los problemas del trabajo que por los nuestros, la vida diaria nos llena de pequeños percances que me gustaría compartir pero que no encuentro más que pequeños monosílabos y miradas perdidas, sin fijar. Nuestra vida existe porque yo le indico como nos encontramos y en ocasiones no me queda más remedio que molestarle para que despierte y vuelva de sus nubes.

En algunas ocasiones pienso, de manera muy fugaz, porque se casó, era y es atractivo, hubiera tenido mujeres, si su trabajo era muy importante podría haberse enfrentado mejor soltero y sin compromisos, sin tener que construir día a día una convivencia. Esa convivencia que a mí me da tanto y que tan poco le resulta para él, al menos esa es la impresión que me impregna semana a semana, mes a mes. No me gusta sentirle tan poco feliz, se que la felicidad se contagia pero hace falta que se anhele, se busque, se luche y eso no le ocurre.

Tengo un amigo, con el que tomo un café con cierta frecuencia, el me mira y me dice: “Tú lucha es del tiempo que nos toca vivir, a ti por buscar un marido  que se te pierde entre sus trabajos y yo por luchar para que todos entiendan que aún siendo hombre quisiera tener una vida privada”.

Siempre regreso a mi casa pensando en el pájaro de la torre, otea el horizonte para  después ,con firmeza y seguridad, volar.

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