Monegros

Este relato se escribe cuando son las tres de la madrugada, en una casa desolada y sin ningún ser humano próximo, bueno exceptuando quién escribe este relato. Cierto es que toda mi familia creía que me encontraba en Nuevo México, pero no, yo estaba en una vieja casona de Monegros. Todos mis amigos habían ido a Estados Unidos durante ese verano, creo que porque el dólar había bajado aunque muchos de ellos les venía justo para diferenciar un duro de un dólar.

Había decidido recluirme es esa casa para descansar, mi novia me había dejado por un filipino que trabajó con ella poco más de tres meses. Estaba tan entusiasmada que alguien le ampliara sus horizontes, que le amplio horizontes y amores.

Su gusto y el mío no eran los mismo, sobre todo en cuestión de filipinos. No discutí mucho su decisión, me dolió pero tenía la esperanza de que ese muchacho de ojos rasgados no tuviera mucho más gusto por la española que la de recuperar el español que, según decía, un tatarabuelo suyo había hablado por ser de Orense. El chico no era mal chaval, trajo siempre vino para cenar en la dos ocasiones que lo invitamos, era educado y un tanto hortera sobre todo porque vestía camisas de flores en pleno invierno.

Les dije a todos que ve iba a Nuevo México para cambiar de aires, todos los divorcios de mis amigos los sellaban con cambios de aires, sin precisar si el cambio de aires era una necesidad o una forma de evitar que te vean lo destrozado que te quedas interiormente. Además, el cambio de gente hace que el tiempo se pase rápido y sin recordar nada ni bueno ni malo.

Mi objeto de este relato no es argumentar contra mi contrario filipino ni hablar de las amistades pijas que desde la infancia me habían rodeado, yo mismo era un pijo, por eso mismo no comprendo como me decidí ha aislarme en semejante casa. Claro no deje tiempo para la búsqueda a mi agenda de viajes, a la salida del trabajo fui y con mi amigo Juan decidí el destino, Monegros.

.- sí, allí ruedan películas, es un desierto como pocos en España. Los Héroes del Silencio grabaron su segundo álbum, Barden, Berlanga, Bigas Luna.

Decidido. Iré a esa casita rural de Monegros.

La antesala que tenía un ventanal amplio permitía ver los montes de la sierra. Los marcos no ajustaban y probablemente en invierno se colaría todo el frío del exterior, ahora era verano y lo único que entraba era un calor sofocante, nada menos que  cincuenta grados. Los del pueblo decían que eso no era nada. No tenía escalera, casa de una sola planta, con graneros en la parte trasera y con una zona clareada de matorrales que todos los vecino llamaban “a plazoleta”. Fueron mis vecinos los que me contaron, con palabras que hacía de su expresión un dialecto, la historia de la casa el mismísimo cucaracha se había alojado en ella, apartada como estaba del entorno habitado, había funcionado como posta de caminos, construida con adobes de arcilla se confundía con el terreno de manera mimética. Estaba a medio camino de dos vías muy importantes, comunicaba dos zonas monegrinas de gran importancia, la Cabañera Real que pasaba por Almudévar y Huesca, y la vía a Barcelona que saliendo de Zaragoza pasaba por Bujaraloz. Ambas vías habían sido utilizadas por la realeza

Desde este enclave, tierra de serranía, los bandoleros podían entrar y salir de los lugares habitados y controlados por la Guardia Civil, sin ningún temor ya que las muchas sabinas los protegían de la mirada vigilante de las de patrullas a caballo que circulaban por los poblados próximos. Los lugareños habían podido comprobar que la justicia, no siempre ecuánime entre ricos y ricos, tenía un grupo que podía opinar sobre sus actuaciones, la mayor de las ocasiones los bandoleros se dedicaban al asalto de viajeros y cargas. Los pueblerinos comentaban relatos fabulosos de la valentía, la justicia y el saber de estos que desde el otro lado de la ley actuaban de una forma continuada en la sierra entre carrascas y encinas.

En la entrada, cerca de la fresquera había una bomba de agua, sacaba agua pero  no tenía el aspecto de potable, su sabor estaba más próximo a lo amargo, poco tiempo después me dijeron que estaba llena de materia orgánica y eso le aportaba un sabor nada grato. En esa bomba es donde empezaron todos mis problemas.

La bomba fue el primer objeto doméstico que tuve que arreglar. Lo desmonté y tras medio día de trabajos volvió a funcionar. Succionaba agua del fondo del pozo con tal fuerza que removía todo el cieno y subía como si quisiera escapar del período de oscuridad en el que le habían condenado a permanecer sin juicio aparente. No pude beber hasta que comprobé que utilizándola con suavidad podía evitar el barro colado que me ofrecía ese pozo tan generoso que no quería guardar para si ni el cieno.

Detrás de la bomba encontré una piedra plana suelta que los lugareños llamaban “loseta”, tras ella una llave. Era pequeña y creí, en un primer momento, que sería de alguna puerta, la probé en todas y al ver que se hacía de noche lo dejé, saqué mi saco de dormir y descansé hasta la mañana siguiente.

La mañana vino y junto a ella un buen dolor de espalda. Tenía cuarenta y cuatro años, hacía años que no ponía mi cuerpo contra el suelo una noche entera con saco de dormir. Simplemente mi cuerpo se resentía de un suelo duro que había obligado a mis huesos a ceder. Cerca de la cámara fotográfica pude ver la pequeña llave.

Antes de desayunar, me dispuse a poder conocer si aquella llave era de una puerta de la casa, por un momento pensé en algún cofre, con tesoro y todo. Con el cuerpo más tenso por la noche pasada la mente comenzaba a percibir más claramente, percibí la casa en toda su realidad, era una casa abandonada que sólo un propietario sin muchos escrúpulos se habría atrevido a ofrecerla para turismo rural, un turismo muy bueno para vivir la aventura sin salir de tu propio país.

En la misma cocina desayuné, tomé lo que en una nevera nueva habían dejado los dueños junto a una nota, “esperamos volver en una semana, mientras puede acomodarse”, ellos no decían nada del suelo, así que pensé que había dejado una cama preparada para mí, lo que me animó ya que la próxima noche no tendría que seguir doblegando mi cuerpo sobre el suelo como si de celda de monje se tratara.

Junto a la ventana de la cocina había un cajón con un candado grande, quizá demasiado grande para un cajón de esas dimensiones. Miraba el cajón sin cesar, de manera inconsciente mientras tomaba leche con pan, no había comido pan tan duro y blando al mismo tiempo desde que iba de visita a casa de una tía abuela mía. Terminé de desayunar, los platos y tazón los remojé, enjuagué y sequé. Eché mano a mi bolsillo y tocaron mis dedos la llave. Me acerqué al cajón. Y cuando iba a probar la llave me detuve.

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